Kaosfantasy. Los Pixies del Caos, Tomo 5: El Corazón de Irsa

33 Entre el cielo y la tierra

«¡Ragasakis!»

De pie sobre el mostrador de la cofradía, Zélif alzó su vaso delante de todos.

«Este año ha estado repleto de peligros, pero ¿qué es la vida de un aventurero sin peligro? ¡Hemos ganado experiencia y nuevos amigos!» Hizo un signo amistoso hacia Yánika y yo, luego hacia Saoko, y por fin hacia Xarifo Hitappe: el joven gnomo hijo de comerciante, que había huido de su casa y soñado en un momento con hacerse pirata, había finalmente bajado de su nube y, de tanto andar con los Ragasakis, se había hecho miembro del gremio. Zélif prosiguió, inusitadamente ceremoniosa: «Sin más palabras fútiles, os deseo un año lleno de alegría y novedades.»

«¡Y de tesoros!» dijo Sirih, lanzando una ilusión armónica centelleante de oro.

«¡Y de aventuras!» apoyó la pequeña Shaïki.

«Y de bienestar,» añadió Yeren al mismo tiempo que Naylah asentía a todo con la cabeza.

«¡Brindemos por nuestra cofradía!» concluyó Zélif.

Como si hubiese sido una señal, los Ragasakis exclamaron:

«¡A LA SALUD DE LOS RAGASAKIS!»

«¡A nuestra salud!» sonrió Loy, nuestro querido secretario, levantando una pila de documentos como para brindar.

«En serio, Loy, deja de trabajar la noche de año nuevo,» lo sermoneó Praxan.

«¡No le sigas la corriente, Drey!» protestó Livon, viendo que me instalaba en los cojines de la cofradía y cogía un libro. «¡No son horas para leer tus libros de órica!»

Era un volumen que había comprado en una librería de Trasta. Me lo había traído desde Firasa, encariñado, después de haber sido totalmente cautivado por las reflexiones de este órico, reflexiones que me hacían descubrir nuevos horizontes…

«¡Hey! He dicho: ¡no te escaquees!»

Livon permutó conmigo y me encontré de pie, con un vaso de vino en la mano y el codo de Orih posado en mi hombro. La mirol y yo resoplamos de sorpresa al mismo tiempo. Protesté:

«No bebo alcohol…»

«¡Pues bebe agua!» exclamó alegremente Orih Hissa. «O té, como la abuela Shimaba. ¡Lo importante, es festejar el aniversario de nuestra sublime cofradía!»

«Vale, vale, brindaré con agua,» acepté, divertido.

Zélif suspiró, sentándose en el mostrador:

«En fin… Si hubiese sabido que el líder del Dragón Negro, el gremio más grande de Trasta, tenía una deuda con los Arunaeh, te habría hecho participar en todas las competiciones del Festival, Drey. Bah,» añadió, con una pequeña sonrisa en los labios, «si cierta Ragasaki no hubiese hecho un agujero en la plaza de la arena para su “espectáculo experimental de fuegos artificiales”, nuestra reputación habría sido perfecta.»

Orih hizo un mohín. Nos reímos. No le reprochábamos nada: después de todo, según lo que nos habían dicho, la Arena del Festival sufría destrozos en cada torneo. Sin embargo, el agujero en cuestión había hecho palidecer los administradores, pero… por suerte, no nos habían hecho pagar ninguna compensación. Mejor aún, para mayor satisfacción de Zélif, Orih se había vuelto el objeto de rumores durante días, y un bardo la había apodado la Flor de Fénix de los Ragasakis. Bueno, pero si alguien, de todos nosotros, había llamado la atención durante el Festival, era Livon sin ninguna duda.

Durante las pruebas de habilidad, el kadaelfo había abusado de sus poderes de permutación, ganándose primero el título no muy halagador de Ladrón de Victorias. ¿Quién habría adivinado que se convertiría en un héroe de Trasta y que lo apodarían el Caballero Saltarín unos días después?

De hecho, el último día del Festival, durante los duelos finales, la princesa de Trasta, admirada por el pueblo, se había enfrentado a su adversario, un enorme guerrero cuyos orígenes no eran claros. Este gigante había ganado todos sus duelos anteriores, manejando su hacha con destreza. Sin embargo, para este último duelo, algo se había torcido, se había vuelto como loco, había conseguido desarmar a la princesa, pese a la habilidad certera de ésta, y, aunque su victoria había sido ya anunciada, había intentado matarla. Bajo las miradas horrorizadas de la muchedumbre, Livon, sumamente temerario, había permutado con ella, encontrándose en medio de la arena, bajo el ataque inminente de ese gigante. Entonces, había vuelto a permutar, habiendo ya avistado en el público su mejor recurso: éste era ni más ni menos que el líder del Gremio del Dragón Negro de Trasta, que tenía fama de ser el hombre de Rosehack más invencible… El gigante había sido derribado de un golpe.

Más tarde, habíamos descubierto que ese guerrero que se había vuelto bersérker llevaba un collar de dokohi. ¿Estarían esos diablos de Dágovil detrás del ataque? Es lo que habíamos pensado al principio, aunque Erla Rotaeda se había sorprendido tanto como nosotros. En todo caso, no podían haber sido ya ni Zyro ni Kan. Finalmente, Yodah y Omalya habían recibido permiso para examinar el collar, y el hijo-heredero había asegurado que tan sólo se trataba de un ejemplar perdido caído en manos de un brejista independiente. Las autoridades de Trasta seguían buscando al tal celmista. En cuanto al collar de acero negro, gracias a la argumentación convincente de Yodah, me habían dejado destruirlo sin interferencias. Mar-haï… Si supiera la joven nahô Rotaeda cómo trabajaban los destructores Arunaeh para reparar los errores pasados de Lotus…

«Boh, ¡no hablemos más del pasado!» dijo Orih. «Ahora que los Ragasakis son mundialmente famosos, ¡ya no vamos a buscar gatos perdidos en las calles, sino dragones, gárgolas, vampiros…!» Se interrumpió de golpe. «Vaya… Ahora que lo pienso, ¿no es un poco lo que hemos hecho ya este año? En realidad, ya somos héroes.»

«Huhu. Hasta tenemos un caballero en el equipo,» se jactó Zélif, a lo cual Livon se sonrojó.

Nos echamos a reír. Seguro que todos pensábamos de nuevo en el momento en que el permutador había recibido el pañuelo rojo y blanco de Trasta de las manos de la mismísima princesa. Ésta le había oficialmente dado las gracias y, turbado bajo la mirada directa de Orih, Livon había contestado: “N-no es nada, es el Dragón Negro fortachón el que ha hecho todo el trabajo”… Llamar a uno de los hombres más poderosos de Rosehack «Dragón Negro fortachón»… Sólo Livon podía soltar tal cosa delante de todo un comité de ministros y cortesanos.

«A lo mejor el Dragón Negro fortachón nos manda alguna petición bien pagada, este año,» soltó Loy.

«Todos dicen que el Dragón Negro fortachón es muy rico,» comentó Sirih.

Livon se había puesto rojo como un tomate. Yánika intervino y, levantando un índice, dijo como si se tratase de un poema moral:

«Que el Dragón Negro fortachón pase o no por el mostrador, no es menos heroico andar buscando gato perdido que aventurearse en el mar del gran Océano Mírvico.»

Últimamente, mi hermana estaba a fondo con las rimas… Staykel se rió.

«¡Ha! ¡Tienes toda la razón!»

En un ambiente cada vez más caótico, la pequeña Shaïki exclamó:

«¡Sanaytay, toca tu flauta! ¡Quiero escuchar la flauta!»

La armonista de sonidos sonrió, se sentó y cogió su flauta. Mientras un viento frío invernal soplaba afuera, una alegre melodía se elevó bajo el techo de la cofradía.

* * *

Sacudí la cabeza con la impresión de oír todavía el alboroto de los Ragasakis. La víspera, habían sido particularmente ruidosos, porque habíamos festejado el cumpleaños del gremio con el año nuevo. Bah… Después de tanto tiempo, debería haber estado habituado al bullicio…

De un golpe de pala, aparté la nieve del último escalón de las escaleras que conducían a la casa y me paré para contemplar mi obra: estaba todo impecable. Sin embargo, la nieve seguramente se amontonaría de nuevo muy pronto. De hecho, constaté, levantando los ojos hacia el cielo, ya caían algunos copos.

En Firasa, el invierno era a menudo templado y, según Livon, la nieve no estaba asegurada todos los años. Así que, claro, Yánika estaba encantada. Nuestro primer invierno pasado en la Superficie era tan blanco como lo describían los libros que había leído en los Subterráneos. Naarashi también parecía fascinada por la nieve. Después de todo, a pesar de su naturaleza casi divina, la pequeña bola de pelos que me seguía a todas partes tampoco había visto nunca el cielo hasta ahora.

Con el índice, la acaricié entre las dos orejas.

«Ya es hora de despertar a todo el mundo y tomar el desayuno,» le dije.

Naarashi chilló alegremente. Volví a subir los escalones, mirando los techos blanqueados de las casas más abajo.

Cuatro meses habían pasado desde que habíamos vuelto a la Superficie por el portal de Merbel. Después del Festival de Trasta, los trabajos propuestos a la cofradía tampoco habían cambiado tanto, pero el dinero ganado durante el Festival — sobre todo gracias al acto heroico de Livon — había arrancado a Zélif una sonrisa llena de orgullo… y a Sirih una risa crónica que había tardado todo el viaje de vuelta en calmarse.

Habíamos hospedado a los milenarios durante casi un mes, luego Galaka Dra, Weyna, Bellim, Yata y Del habían decidido ir a descubrir el mundo que no habían visto desde hacía tanto, tanto tiempo. Seguramente querían volver a visitar las tierras que habían dejado mil años atrás por culpa de la guerra. No me preocupaba demasiado por ellos: incluso en tierra desconocida, si los cinco se quedaban juntos, con sus poderes y sus saberes extraños, se las arreglarían sin problema.

En cuanto a Tchag, poco a poco, había retomado conciencia de su verdadera naturaleza y había dejado de hacer muecas cada vez que Lústogan le llamaba Irsa — mi hermano había vuelto de los Subterráneos a finales de otoño con la tarea de traer a Yodah de vuelta a la Isla de Taey y, de paso, a Tchag también de ser posible. Tchag estaba todavía algo confuso — o más bien confusa. Sin embargo, poco después de los primeros vientos de invierno, había aceptado acompañar a Yodah y a mi hermano a Taey como Irshae, la fundadora del clan de los Arunaeh. Había asegurado a Livon: “Es algo que debo hacer”. Yodah había vuelto a preguntar a Yánika si de veras prefería quedarse en la Superficie. Había suspirado profundamente, pero se había recobrado y había sonreído.

«Ya que escoges el cielo y el sol, seré la sombra que te seguirá de lejos… Hasta nuestro próximo encuentro.»

Este cazador de criminales no había renunciado a la idea de cortejar la próxima Selladora del clan… Viendo que él dudaba todavía, yo le había empujado fuera de nuestra casa sin miramientos. Dánnelah… Si el heredero de los Arunaeh seguía vagabundeando por el mundo tomándose vacaciones, al final, su padre acabaría yendo a buscarlo él mismo.

Lústogan se había marchado con él. Con el barullo de los Ragasakis que aparecían a menudo en nuestra casa, casi me sorprendía de que hubiese conseguido quedarse tanto tiempo… Había esperado pacientemente que lograra romper mi diamante de Kron. Entonces, le había oído decir a Saoko: “Dentro de poco, voy a volver a la Isla de Taey con Yodah e Irsa. Si dudas y no sabes qué camino escoger, quédate con Drey. Será una preocupación menos para mí.” “Es un fastidio, pero me quedo,” había replicado simplemente Saoko. Ciertamente, el drow no se había quedado sólo para vigilarnos a Yánika y a mí. Si tuviese que adivinar, el sol de la Superficie le hacía olvidar un poco su vida pasada con los criminales de Brassaria.

«¡Drey!»

Una voz repentina rompió la paz de la mañana.

Sumido en mis pensamientos, había guardado mi pala e iba a entrar en casa para vigilar el caldo que se cocía a fuego lento. Oyendo la voz de Livon, me di la vuelta. El kadaelfo levantaba una mano mientras corría, sobreexcitado. Enarqué una ceja. Percibí un cambio en el aire y, de repente, me encontré en el sitio de Livon. Este maldito permutador… ¿Qué diablos…?

«¡Date prisa, entra!» me dijo con una gran sonrisa. «¡Tengo algo que deciros, a los tres!»

Y, desde lo alto de las escaleras, se invitó en nuestra casa sin más demora. ¿En serio? ¿Había permutado conmigo sólo porque quería escapar del frío? Frunciendo el ceño, subí los escalones. Cuando lo alcancé, en el salón, ya estaba instalado al lado del fuego. Le lancé una ráfaga de viento, despeinándole el pelo azul.

«¡No te enfades, Drey!» rió Livon, levantando las manos. «Tengo noticias de los Pixies.»

Detuve inmediatamente mi ataque órico. Yánika abrió la puerta de su cuarto de golpe.

«¿En serio?» preguntó.

Normalmente, tenía que ir a despertarle cada mañana. ¿No era eso oído selectivo…?

«¿He… he oído bien?» dijo entonces Jiyari, saliendo de su propio cuarto, su pelo rubio hecho un lío y aún envuelto en sus mantas. «¿Tienes noticias de mis hermanos…?»

Mientras me sentaba con cara inquisidora en el sofá, Livon explicó:

«Rao ha mandado una carta al gremio, seguramente porque no conocía tu dirección.»

Asentí con la cabeza.

«¿Están bien?»

«Ni idea. No he leído la carta todavía. He corrido hasta aquí en cuanto he visto que estaba escrita por Rao. Aquí la tienes.»

Me la tendió. La cogí y la desplegué bajo los ojos ávidos de Livon, de Jiyari y de mi hermana.

Aún antes de que el Festival de Trasta se terminara, Rao, Kala, Boki, Jiyari, Melzar y Tafaria se habían reunido todos y habían solicitado una entrevista privada con Erla. Ignoraba de qué habían hablado, pero algo estaba seguro: Erla no había recobrado sus recuerdos de Lotus Arunaeh. Dejándola bajo la custodia de Boki, Rao, Kala y Melzar se habían marchado, no dejando más que una breve nota enigmática: «(Rao:) Gracias por todo, Ragasakis y Arunaeh. Aún nos falta emprender un viaje. Nos marchamos. Gracias de nuevo. (Kala:) Drey, te dejo cuidar de Jiyari: su corazón es demasiado frágil para participar en esta caza. (Melzar:) Nada que añadir.» El mensaje me había dejado perplejo. Jiyari me había revelado aparte que habían encontrado a Roi Zaku, el séptimo Pixie del Caos, en Trasta. Pero él mismo ignoraba de qué «caza» hablaba Kala. Roi, que se hacía ahora llamar Mani… ¿habría huido, y Rao, Kala y Melzar habrían ido a perseguirle? ¿O bien se habrían marchado los cuatro juntos a buscar… a buscar qué, de hecho? El asunto me había intrigado. Y ahora, por fin, Rao se decidía a dar noticias… o no, me dije, echándole un ojo a la carta. Esta decía:

«Hola Ragasakis, ¿podrías pasarle este mensaje a Drey y a Jiyari? Gracias.»

Parpadeé. ¿Eh? ¿Eso era todo?

Entonces, se oyó un repentino ruido de voces afuera. Alguien llamó a la puerta. ¿Tan pronto a la mañana? Ni siquiera esperaron respuesta: la puerta se abrió y varias personas entraron, sacudiendo la nieve de sus capas y quejándose del frío: una mujer joven esbelta con cabello malva seguida por un gato negro — Rao y Samba —, un adolescente con tez pálida camuflado detrás de su capucha — era Melzar —, un hombre de edad madura vistiendo una larga capa marrón — el Pixie Roi convertido en demonio y llamado Mani que habíamos cruzado Livon y yo en las montañas con su aprendiz… Lo seguía un hombre alto y fuerte con expresión severa, acompañado de una joven nurona con aires de sirena — Boki y Tafaria. El primero en adelantarse a grandes zancadas fue un kadaelfo que se me parecía asombrosamente…

«¡Drey! ¡Jiyari! ¡Hermanos! ¡Estamos de vuelta!»

«Kala,» dije, levantándome del sofá, boquiabierto.

Detrás de toda esta gente, adiviné una joven con cabello azulado. Nos quedamos asombrados. ¿Erla? ¿Qué hacía la nieta de Trylan Rotaeda aquí? No, más bien, ¿qué diablos hacían los ocho Pixies del Caos en nuestra casa, cuando acabábamos de recibir su carta?

Tal vez por la sorpresa, Yánika se echó de pronto a reír, y una sonrisa incrédula se dibujo sobre mis labios. A pesar de este reencuentro abrupto, no pude evitar preguntar de buenas a primeras:

«Kala, Rao… ¿No habréis raptado a Erla, verdad?»

Rao puso los ojos en blanco.

«Claro que no. ¿Verdad… Lotus?»

Erla no nos miraba: sus ojos se habían fijado en Jiyari. Los ojos empañados, murmuró:

«¡Ah…! Jiyari… Aquí estás… Aquí estáis todos reunidos.»

Sonrió. Jamás había visto una expresión tan viva y cargada de emociones como la suya en ese instante.

«¿L-Lotus?» dijo Jiyari, con voz temblorosa.

«Soy yo, hijo mío. Estoy de vuelta. Después de todo este tiempo. Cincuenta años. Por fin, os veo todos juntos y con buena salud, como tanto deseaba… Después de tantos sufrimientos, por fin estáis liberados… Por fin.»

Los otros seis Pixies rodearon a Lotus y a Jiyari. Kala sonreía anchamente. La escena tenía un no sé qué de mítico.

No salía de mi asombro. Erla había recobrado sus recuerdos. El espíritu de Lotus Arunaeh había vuelto. ¿Pero cómo?

* * *

Resultó que Rao había dejado la carta donde los Ragasakis para seguir a Livon hasta nuestra casa. Decía que quería permanecer discreta y, ciertamente, actuaba con razón. Aunque Lotus hubiese recuperado su memoria, la familia de Erla Rotaeda, ella, estaría seguramente buscando activamente a su hija desde Dágovil.

Según nos contaron los Pixies, Roi había confesado a Rao que sabía cómo despertar la memoria de Lotus, pero, para exasperación de Kala, no había aceptado proceder a despertarla más que a una condición: tenían que ayudarle a salvar a su aprendiz. El niño, llamado Rood, había nacido demonio como él, pero tenía un defecto de nacimiento que había llevado a su comunidad de origen a abandonarlo.

«¡El defecto, lo tenía más bien esa “comunidad” se indignó Kala.

Por desgracia, esa misma comunidad de demonios se había enterado de que Rood seguía con vida y, para alguna prueba de iniciación, habían asignado a unos jóvenes demonios la tarea de matar aquella «abominación».

«¡Por eso viajabas siempre sin pararte!» entendió Livon, dirigiéndose a Roi. «¿Pero dónde se encuentra tu aprendiz ahora?»

«Lo he dejado en el albergue, aquí, en Firasa,» respondió Mani. «Ahora que el problema de esos demonios está resuelto, voy a volver a los Subterráneos para ver a mi familia. Pero luego tengo pensado continuar mis viajes.»

«Mm,» solté con una mueca. «Así que, con lo que les cuesta sobrevivir a los demonios por culpa de los saijits, ¿así y todo van y se pelean entre ellos?»

«¿Es diferente entre los saijits?» replicó Rao con una sonrisilla.

«No,» reconocí.

En todo caso, no sabía exactamente cómo habían «resuelto» el problema, pero me dije que mejor valía no preguntar.

«Yo también,» dijo de pronto Lotus.

Todos nos giramos hacia la joven de Dágovil, arqueando las cejas. Sentado en el sofá, rodeado de Jiyari, Kala, Boki y Tafaria, apretó las manos de los dos primeros y prosiguió con una voz melancólica pero tranquila:

«Yo también, voy a continuar mi viaje.»

Rao frunció el ceño.

«¿Qué viaje?»

Lotus sonrió.

«El viaje de la vida. Puede que me haya pasado cincuenta años durmiendo, pero el tiempo es un curioso fenómeno: incluso dormido, parece que uno se vuelve más sabio. Creo que ahora entiendo mejor mis errores. Tengo muchos remordimientos. Pero por nada del mundo siento haberos dado esta segunda vida. No sé lo que haréis con ella. Sea como sea, estoy contento de que hayáis respondido a mi último deseo antes de marcharme.»

Algunos Pixies palidecieron, otros se ensombrecieron. Atónito, Kala repitió:

«¿Marcharte? ¿Padre, adónde quieres marcharte?»

«Voy a continuar mi viaje. ¿No acabo de decirlo? Hijos míos, quiero compartir una última cosa con vosotros. Un secreto que descubrí demasiado tarde pero que, desde entonces, siempre he tenido en mente.»

Miró a los Pixies uno a uno y también nos miró a Livon, a Yánika y a mí; entonces, prosiguió suavemente:

«Nos agarramos a la cuerda de la vida cuando ya estamos atada a ella. La arañamos, la estropeamos, e intentamos reforzarla. ¿Sabéis por qué? Porque la vida es el mejor de los tesoros. A fin de cuentas, cometí errores imperdonables, quise arreglar los daños y desafié las propias leyes de la naturaleza. No siento haberlo hecho para salvaros. Pero no estoy dispuesto a sacrificar la preciosa vida de una joven par seguir en este mundo. Todo tiene un fin. Mi cuerda cayó hace tiempo. Ya es hora de que devuelva a Erla lo que es suyo.»

Con eso, quería decir que iba a borrar su espíritu y dejar que volviese Erla Rotaeda. No manifestaba ningún miedo. Para él, hacía tiempo que la muerte había perdido su sentido.

Kala se levantó de un salto.

«¡No! ¡Justo cuando acabas de volver! ¡No puedes hacernos esto! Quédate por lo menos algunos días… algunos meses…»

«¿Algunos años?» dijo Lotus Arunaeh, una leve sonrisa en los labios. «¿Sabes cuán precioso puede ser un solo día? Un simple canto de pájaro, la suavidad de la brisa, un copo de nieve y la vista de mis hijos… Es más que suficiente para mí, Kala. Voy a dejar a Erla algunos de mis recuerdos sobre las artes celmistas, pero voy a omitir la bréjica y todo lo que trafica el alma. La maldición que llevan los Arunaeh desde generaciones… la he llevado hasta el extremo. Si he ganado algo jugando a ser un dios, es el veros ahora todos aquí, hijos míos.» Sonrió frente a las miradas sombrías de los Pixies. «No seáis tan dramáticos. Es mi elección. Tratad a Erla como vuestra hermana, cuando vuelva. Os quiero, hijos míos. Os quiero con todo mi corazón.»

«¡Padre!» exclamaron los Pixies al unísono, viendo inminente el momento en que borraría su espíritu.

Lotus sonrió anchamente y dijo:

«Vivid bien.»

Cerró los ojos. Cuando la joven los volvió a abrir, dirigió a toda la asamblea en lágrimas una mirada perpleja.

«¿Eh?» dijo. «¿Kibo? ¿Qué demonios pasa?»

Su guardaespaldas no contestó. A pesar de su cara poco expresiva, lloraba silenciosamente. Suspiré, me levanté para sacar a la Rotaeda de esta escena trágica y la guié hasta la cocina con Yánika y Livon.

«¿Queréis explicarme?» se impacientó Erla, algo alarmada. Y, de repente, frunció el ceño. «Esperad. Creo que me acuerdo. Los Pixies del Caos… ¡Por un momento, de veras he creído que eran mis hijos!» Nos miró, pasmada. «¡Qué locura!»

Sonreí ligeramente. Bueno. Al menos, Lotus Arunaeh se había despedido con estilo.