Kaosfantasy. Ciclo de Shaedra, Tomo 3: La Música del Fuego

4 En las arenas del océano

—¡Shaedra! —soltó Deria, con los ojos brillantes de alegría.

La estreché entre mis brazos con fuerza.

—Deria —dije, emocionada.

La puerta se había abierto de par en par y vi a los que estaban dentro: Dolgy Vranc y Aryes. ¿Dónde estaban Aleria, Akín y Lénisu?, me pregunté, mientras me invadía una mezcla de felicidad y preocupación.

Deria se separó de mí con una enorme sonrisa que le devolví. Aryes me observaba con intensidad. Llevaba el pelo negro revuelto y una ropa de viajero de buena calidad que le iba bien. Su rostro pálidamente azulado había cambiado ligeramente, haciéndose más firme y maduro. ¿Cómo era posible que fuese capaz de notar todos esos cambios?, me pregunté, sorprendida, pestañeando. Con un súbito impulso, Aryes dio un paso adelante y me dio un abrazo al que respondí con fuerza con los ojos húmedos. No me había dado cuenta hasta entonces de que todo ese tiempo me había acompañado una tristeza continua que sólo ahora conseguía arrancarme en parte. Sólo me faltaba saber dónde estaban Aleria, Akín y Lénisu, pensé, intentando no dejar rienda suelta a mi imaginación.

—Te echábamos de menos —dijo entonces el semi-orco, desordenándome el cabello afectuosamente, mientras me separaba de Aryes—. Hemos estado buscándote por todas las Comunidades de Éshingra. Espero que en nuestra ausencia no hayas encontrado algún anillo destructor o alguna gema perdida hace miles de años, ¿eh?

Sonreí, haciendo una mueca.

—Aún no —contesté—. Pero con la suerte que tengo, acabaré encontrando los peores artilugios de toda la Tierra Baya. Estos son mis hermanos, Murri y Laygra. —Me giré hacia mis hermanos y pronuncié los nombres de mis amigos—: Ésta es Deria. Aryes y Dolgy Vranc.

—Un placer —dijo Murri con su habitual cortesía de caballero. No dejé de fijarme, sin embargo, que miraba fijamente el rostro del semi-orco con cierta aprensión. Laygra, tan pronta en aceptar las diferencias, sonreía, prudente, y mantenía una distancia aceptable entre Dolgy Vranc y ella.

Dolgy Vranc, habituado como estaba a esas reacciones, no les dio mucha importancia y sonrió.

—Entrad. Hablaremos con más calma sentados.

Después del caluroso reencuentro, me sentía mucho mejor. Cerramos la puerta y nos sentamos en la cama y en las sillas.

—Te preguntarás dónde demonios estará tu tío, ¿verdad? —dijo el semi-orco con un tono afable.

Asentí, observándolos con atención, intentando leer en sus pensamientos lo que se aprestaba a decirme Dolgy Vranc.

—Pues bien. Os contaré la historia. Nada más entrar en la ciudad, ayer a la noche, apareció la silueta de un hombre que conocía a Lénisu. El mismo que ahora os ha avisado de que estábamos aquí.

Asentí con la cabeza.

—Sí. Lo conocemos.

Dol enarcó una ceja interesada.

—¿Ah? Pues nosotros no lo conocíamos. De hecho, al principio creímos que era algún bandido. Antes de irse con él, Lénisu tan sólo nos dijo que era un viejo amigo y que nos instalásemos en este albergue hasta que volviese. También nos dijo que probablemente vendrías a vernos.

—Así que probablemente Lénisu estará hablando con él en este mismo momento —comenté como para mí, aliviada e inquieta a la vez, porque no acababa de fiarme de los planes del señor Mauhilver—. ¿Y Srakhi?

Dolgy Vranc me observó atentamente y contestó:

—El gnomo no se fía de nadie y está de un humor de perros porque el supuesto amigo de Lénisu no le ha permitido que los acompañasen. Ya sabes que intenta salvarle la vida a tu tío para pagar su deuda.

—¿Salvarle la vida? —repetí, alucinada. Jamás hubiera imaginado que se trataba de eso.

—Ya sabes, los hay que siguen a rajatabla los principios de sus cofradías.

—¿Srakhi pertenece a una cofradía? —me extrañé.

—Ajá. No tuviste mucho tiempo para conocerlo, pero yo llevo más de un mes aguantándolo. Es un say-guetrán —añadió en tono más bajo.

Agrandé los ojos.

—Vaya —dije.

—¿Y eso qué es? —preguntó Murri con humildad, mirándome con aire interrogante.

—La verdad, no lo sé muy bien —contesté, sacudiendo la cabeza—. Una cofradía religiosa, ¿verdad, Dol?

—Bueno. Yo no sé mucho sobre ellos. Pero sé que al menos uno de sus miembros se pasa dos horas rezando todos los días antes de la cena —soltó con tono cómicamente quejoso—. Pero dejemos de hablar del gnomo y hablemos de ti, Shaedra, ¿qué tal estás? ¿dónde apareciste al cruzar el monolito?

—Aquí mismo, en Dathrun. Desperté en una enfermería de la academia, donde me había llevado Murri. Al parecer sufrí una pequeña conmoción al atravesar el monolito, pero enseguida me repuse. Laygra y Murri están estudiando en la academia —expliqué.

Aryes silbó entre dientes, mirando mis hermanos, impresionado.

—¿En la academia celmista de Dathrun?

Laygra se sonrojó y Murri carraspeó.

—Sí… Pero no por nuestro mérito. Nos ayudó alguien.

—Márevor Helith —añadí, sin entender por qué Murri siempre quería guardar secretos.

—Márevor Helith —repitió Dol, frunciendo el ceño. Estuvo así un rato, pensativo y luego negó con la cabeza—. No lo conozco, ¿debería?

Me encogí de hombros.

—Es profesor en la academia.

—Ah.

—Y tiene muchos años porque es un nakrús —añadí.

Dolgy Vranc y Aryes palidecieron.

—¿Un nakrús? —soltó este último con un sonido gutural.

—Preferiría explicaros todo esto cuando estén también Lénisu, Aleria y Akín. No me perdonarían que empezase a contar la historia sin ellos…

Me callé al darme cuenta del velo de tristeza que había aparecido en el rostro de ambos.

—¿Qué ocurre?

—Aleria y Akín no estaban con nosotros cuando atravesamos el monolito —explicó Dol—. Se fueron con Stalius e ignoramos dónde están.

Asentí tristemente sin contestar, sintiendo que algo se me había atascado en la garganta.

—Quizá… en fin, quizá ni siquiera atravesaron el monolito —agregó—. No lo sé.

—Lo atravesaron —intervine, intentando convencerme a mí misma—. Márevor Helith dijo que había hecho cuatro entradas, pero que no había podido controlar más de una única vía.

Dolgy Vranc me miró y asintió, meditativo.

—Aryes, Srakhi y yo pasamos uno. Lénisu y Deria otro.

—Y Stalius pasaría con Aleria y Akín —concluyó Aryes, más animado—. Están vivos, Shaedra.

Le dediqué una pálida sonrisa y asentí.

—Así que ese nakrús nos ha salvado la vida —comentó el semi-orco—. Me gustaría conocerlo.

—Le gustaría todavía más a Srakhi —dijo Deria, bromeando—. No sabrá a quién seguir, si a Lénisu o al otro.

—Pues le costará mucho en ambos casos —dije, sonriente.

Y miré a mi supuesta alumna dándome cuenta de que ella también había cambiado. No era que hubiese crecido mucho, aunque tomando en cuenta que era medio mediana medio faingal, no se podía saber, pero sus ojos ya no parecían estar sumidos en los recuerdos como antes. Sin duda el tiempo acababa ahogando las peores desgracias y ahora que volvía a ver reunido el grupo parecía totalmente feliz.

—¿Así que cruzaste el portal con Lénisu? —le pregunté.

Deria se mordió el labio, molesta.

—Lénisu no quería pasar a través. Se volvió como loco y… se arrodilló sobre el suelo tirando a un lado la espada ensangrentada. ¡Venían los nadros y me decía que prefería morir a atravesar otro monolito!

La miré, boquiabierta. ¿Lénisu se había resignado a morir antes que cruzar un monolito? Intenté representarme la escena y al cabo de unos instantes contemplé el rostro de Deria, aterrada.

—¿Qué ocurrió? —pregunté.

Deria se sonrojó.

—Le dije que no quería morir. Entonces, pareció resurgir de un sueño, cogió su espada, y justo antes de que nos alcanzasen los nadros rojos, me empujó hacia el monolito.

Me había quedado atónita al representarme la escena. ¿Era así como me encargaba yo de mis alumnos? ¿Abandonándolos a su suerte? Invadida por la vergüenza, pensé que menos mal que había estado Lénisu con ella.

—¿Y no pasaron los nadros rojos a través del monolito? —preguntó Laygra, también impresionada.

—No —negó Deria, resoplando—. Por suerte, los animales son más prudentes que nosotros.

Pff, me dije. Sólo se les ocurriría a los saijits cruzar un monolito que llevaba los demonios sabían dónde. O a los monos gawalts, añadí mentalmente, con una sonrisilla. Deria se estremeció.

—Los nadros rojos son feos —gruñó.

Solté una carcajada y asentí.

—Y sobre todo, cuando mueren, porque al de un rato, su cuerpo explota —le dije.

—¿De veras? —exclamó Deria, horrorizada.

—Sí, por eso normalmente se queman para evitar que exploten y que desparramen su energía en el aire —explicó Dol.

Por lo visto, Deria no tenía mucha experiencia con los nadros rojos. En Ató, la guardia no paraba de defender la ciudad de bandas desordenadas y hambrientas que venían del portal funesto del sur. Pero en las Comunidades de Éshingra no había portales funestos y en la parte este era difícil encontrar criaturas así. Una cosa muy diferente ocurría en el oeste de las Comunidades de Éshingra pues todas las criaturas repelidas de Kaendra y Ató se desparramaban por las montañas y muchos migraban hacia el este, hacia el Bosque de Hilos y las Tierras de Acaraus. Pero la Guardia de las Comunidades de Éshingra se aseguraba de que ningún habitante de Ombay viese la punta de la cola de un nadro rojo. Esa cuestión era uno de los puntos de tensión entre Ató y Ombay, porque se suponía que como el portal funesto estaba en Ajensoldra, quienes se tenían que ocupar de él eran los ajensoldrenses. Descarté todos esos pensamientos que no venían a cuento y silbé entre dientes, impresionada por la historia.

—¿Y dónde aparecisteis? —pregunté.

—Cerca de Nuiná —contestó ella simplemente.

—¡¿Qué?! —exclamé, fulminando a Murri con la mirada. Nuiná estaba en el Bosque de Hilos, ¡se necesitaba más de tres semanas para ir ahí!

Mi hermano agrandó los ojos con aire inocente e hizo un gesto tranquilizador.

—Todo ha salido bien, ¿verdad? —replicó—. Además, no me culpes a mí, yo no hice gran cosa.

—¡Shaedra! —intervino Dolgy Vranc, esbozando una sonrisa—. ¿No estarás culpabilizándolo por habernos salvado de los nadros rojos?

Bajé los ojos con una mueca y renuncié a decirle que quizá no pensaría de esa manera si el rescate del gran Márevor Helith hubiese salido mal.

—¿Y vosotros dónde aparecisteis? —inquirí.

—Cerca de la costa, entre Ombay y Dathrun —contestó el semi-orco.

—En medio de un bosque —aclaró Aryes, con una expresión curiosa. Dol tosió y sonrió y los miré alternadamente, intrigada.

—¿Os vieron aparecer?

—No, santo cielo —replicó inmediatamente Dol—. Nos habrían despedazado.

—¿Quiénes?

—Un grupo de guerreras humanas. Se bañaban en el río.

—Ah —solté al cabo de un rato, ruborizándome.

—Nos alejamos discretamente —continuó Dolgy Vranc— y llegamos a un pueblo costero. Nos quedamos ahí una semana, luego fuimos viajando hacia el norte. En Ombay, Srakhi fue a ver a algunos conocidos y nos pusimos a buscaros. No teníamos ni idea de por dónde empezar. Pasaron varias semanas antes de que nos enterásemos de que un ternian había desaparecido en el camino hacia Dathrun. Nos dirigimos ahí enseguida, pero llegamos a Dathrun sin tener noticia de Lénisu. Ya estábamos pensando lo peor cuando vimos a Deria con una tropa de malabaristas.

Me giré hacia Deria, atónita.

—¿Una tropa de malabaristas?

Sonrió, muy contenta.

—Sí. Cuando Lénisu desapareció, me encontró una tropa de malabaristas y me recogió. ¡Dijeron que tenía predisposiciones para convertirme en malabarista!

Sonreí al verla tan entusiasta, pero entonces fruncí el ceño.

—Ya… pero, ¿cómo desapareció Lénisu? ¿Y cómo os lo encontrasteis?

—Según Deria, fue a recoger leña para preparar la comida y no volvió —dijo Dol—. Luego nos lo encontramos por casualidad por el camino, a unos días de aquí, al norte. Casi nos cruzamos sin vernos.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó Laygra.

Dolgy Vranc y Aryes intercambiaron una mirada.

—Er… Bueno… —dijo Dol—, no quiso decírnoslo. Pero volvió muy malhumorado.

—¿No quiso decíroslo? —soltó Murri con un curioso tono.

Dolgy Vranc observó el rostro de mi hermano con su gran cabeza de semi-orco inclinada hacia un lado.

—Tengo curiosidad por conoceros, a vosotros dos —dijo—. Pero, diablos, ¿qué tal si vamos a dar un paseo?

—Lénisu nos dijo que no nos moviésemos —protestó Deria.

—Srakhi se quedará aquí —gruñó Dolgy Vranc—. Además, llevamos horas metidos en este cuchitril. Creo que ya es hora de que vayamos a disfrutar del maravilloso día que hace.

Aryes y yo asentimos enérgicamente y poco después estábamos andando sobre la playa, bajo un sol radiante y envueltos en un aire cálido que nos hizo sudar al de poco.

Por el camino, Dolgy Vranc se puso a hacerles preguntas a Murri y a Laygra sobre cómo habían llegado a Dathrun y mis amigos se mostraron muy impresionados al enterarse de que mis hermanos habían viajado solos de las Hordas hasta Dathrun, atravesando unas de las tierras más peligrosas de la Tierra Baya.

—Una vez, vimos a una banda de trasgos en un desfiladero —contó Murri—. Afortunadamente, los vimos y ellos no. Hicimos un rodeo y nos escondimos durante dos días sin comida y con una cantimplora medio vacía. Cuando fui a ver si aún estaban por ahí, olí a quemado y vi que una patrulla ajensoldrense se había encargado de ellos. Creo que ése fue el mayor susto que nos llevamos.

Deria había soltado una exclamación de terror.

—¡Tuvo que ser horrible! —dijo.

Murri sonrió, divertido por tener una espectadora tan comprensiva y al de un rato se giró hacia Dol.

—Yo también quisiera saber más cosas sobre ti, Dolgy Vranc. Mi hermana me contó que eras un gran identificador.

Dolgy Vranc adoptó una expresión modesta.

—Oh, Shaedra, ¿de veras les has dicho eso? —Hizo una pausa y asintió—. Quizá sea cierto. Identifiqué la Armadura de los Muertos, ¿nunca oísteis hablar de esa historia?

—Pues… —empezaron a decir Murri y Laygra, con las cejas enarcadas.

—Dejadme que os la cuente —les interrumpió el semi-orco—. Ocurrió un día, hace muchos años. Yo había pasado el día vendiendo atrapa-colores y otros juguetes que fabrico, y volvía tranquilamente a mi casa, cuando de pronto, abriendo la puerta, sentí que algo había cambiado.

Hizo una pausa y, aunque yo ya conocía la historia, la escuché con la misma fascinación que los demás.

—Poso las llaves donde siempre, en el bufé, y voy hasta la cocina, y en camino, oigo un ruido metálico en el salón. Definitivamente, alguien había entrado en mi casa. Así que me doy la vuelta, cojo mi bastón de caminar y me acerco prudentemente. Empujo la puerta y ¡zas! —Todos nos estremecimos, asustados, y él sonrió—. Veo a un hombre muy gordo sentado en mi sofá, con un enorme paquete envuelto con una tela que se asemeja a una alfombra multicolor.

Entonces contó su conversación con el hombre, narrando la versión que éste le había dado de cómo había heredado una armadura mágica de un pariente lejano que había muerto con la armadura puesta.

—El muy cretino pensaba que me lo tragaría —se rió Dolgy Vranc—. Pero cuando realicé mis experiencias y me di cuenta de que la armadura no era otra que la Armadura de los Muertos, supe enseguida que aquel hombre no era del todo honrado y que seguramente lo había robado a un pobre ambicioso. Ya sabéis que la Armadura de los Muertos mata poco después de que uno se la ponga. Afortunadamente para el hombre, era demasiado gordo para ponérsela, y de todos modos creo que ni intentó ponérsela, lo que buscaba era que le dijese que aquella armadura era mágica, para que pudiese venderla a buen precio. Cuando le dije la verdad, no me creyó. Avisé al Capitán de la Guardia y el Dáilerrin requisó la Armadura como propiedad de Ajensoldra. Debo admitir que el vendedor recibió una indemnización muy superior a lo que debería haber recibido —añadió.

—¿Y a ti, cuánto te pagó? —preguntó Aryes.

—Oh. No puedo quejarme —contestó con una sonrisilla—. Aunque ese vendedor era tremendamente tacaño. Tuve que utilizar mis dotes de orador para hacerle subir un poco el precio de mi identificación. —Nos guiñó un ojo con un aire cómplice y yo sonreí, divertida.

El sol flotaba sobre el mar y los rayos del atardecer iluminaban las torres de la academia isleña con una luz rojiza y tranquila. Cuando al fin el sol dañino desapareció hundiéndose en el mar, pude admirar la puesta de sol y advertí la presencia de una isla al noroeste de la academia en la que había un edificio con forma esférica. La casa de Márevor Helith, recordé. ¿Realmente vivía ahí, tan apartado? En todo caso, hacía más de un mes que había desaparecido sin dejar rastro y ningún profesor había mentado su ausencia, como si el hecho de perder a un colega de la noche a la mañana fuese de lo más común. Los alumnos, en cambio, habían comentado profusamente su desaparición. Muchos decían que lo habían echado, y con razón, porque al fin y al cabo era un nakrús y era inaceptable tener a un profesor muerto que hubiese sucumbido a las «fuerzas del mal». Otros lamentaban la partida de un buen profesor, y otros decían que lo habían echado porque empezaba a dar malas ideas a algunos alumnos. Cuando Murri oía demasiados de esos rumores, gruñía diciendo que nunca Márevor Helith se arriesgaría a enseñar a nadie artes nigrománticas. Los profesores lo conocían desde hacía muchos años. Era como una piedra más de la academia. Y sin embargo Márevor Helith nos había confesado que un día se marcharía, rememoré.

Nos habíamos sentado sobre la arena y charlábamos tranquilamente de banalidades. Yo les conté mi vida en Dathrun y les describí a las gemelas, contándoles todas las tonterías que hacían día tras día.

—Tienen la cabeza hecha un verdadero mejunje de insultos, travesuras e ideas estrafalarias —dije con aire catastrofista, mientras los otros se reían—. Rara vez suelen estarse quietas, y creo que nunca las he visto meditar tranquilamente sobre algo.

—En clase ya estarán quietas, ¿no? —intervino Laygra.

—Son unas aceleradas —contesté, agitando la cabeza—. En algunas clases, llegan y toman apuntes a lo loco, y otras veces no aparecen. Algo traman. Pero son simpáticas.

—Gente realmente curiosa —observó Dolgy Vranc con una sonrisa.

—Jirio es un tipo todavía más curioso, ¿verdad, Shaedra? —dijo Laygra con un tono que me irritó un poco. Resoplé.

—Curioso es, sin duda. Aunque es un buen amigo, Laygra. No entiendo por qué no ves más que su lado lunático.

—¿Quién es Jirio? —preguntó Deria, intrigada.

—Oh, si se tratase sólo de eso… —me contestó Laygra con el ceño fruncido—. Jirio es un ternian de catorce años que pierde el control de sus energías con muchísima facilidad —explicó dirigiéndose a Deria—. Es casi como si lo hiciese queriendo —añadió, mirándome a los ojos—. No me fío de él, es alguien inestable.

Negué con la cabeza y la corregí:

—Su energía es inestable, pero él no lo es. Y tengo la intención de ayudarlo.

—Una noble actuación —notó el semi-orco.

Levanté los ojos hacia él y un movimiento de sombra en la arena me llamó la atención. Durante tres segundos escudriñé la silueta que avanzaba por la playa con un paso sigiloso y rápido. Llevaba una espada en el cinto y una ancha túnica de un verde oscuro. El cabello negro y largo rodeaba su rostro sumido en la sombra del crepúsculo, pero no cabía duda, era él.

—¡Lénisu! —grité, levantándome de un bote.

La arena brillaba como el fuego en el atardecer. Corrí hacia él, con una gran sonrisa dibujada en el rostro.

—Shaedra —dijo, cuando llegué a su altura. Me abrazó con fuerza—. ¿Qué tal estás?

—Yo perfectamente —contesté, mirándolo fijamente a los ojos—. Pero… ¿y tú?

Lénisu se encogió de hombros, esbozó una sonrisa y me despeinó el pelo con una mano cariñosa.

—Ahora que te tengo aquí, mucho mejor, sobrina.

—Pues estarás triplemente mejor cuando veas a tus otros dos sobrinos —declaré.

Y sonreí anchamente al ver brillar la alegría en sus ojos violetas.