Kaosfantasy. Ciclo de Shaedra, Tomo 3: La Música del Fuego
—Tan sólo cierra los ojos y concéntrate. No es tan difícil.
Jirio me fulminó con la mirada pero obedeció y volvió a cerrar los ojos mientras yo sonreía, muy divertida.
—¿Qué tengo que ver?
Sentados en el suelo, sobre la arena, bajo los rayos del sol, intentábamos avanzar en el aprendizaje del jaipú. Jirio había progresado rápidamente en un principio, pero ahora estaba completamente estancado y me sorprendí al darme cuenta de que, al fin y al cabo, yo había necesitado años para controlar el jaipú, pero por supuesto eso a mi alumno no se lo dije. Ya estaba bastante desanimado como para desesperarlo todavía más.
—Sientes el jaipú, ¿verdad?
—Pues claro que lo siento —replicó.
—Entonces ahora concéntrate tan sólo en tu jaipú. Es una parte que no es tuya y es tuya al mismo tiempo. Es una energía y como un animalito simpático, un conejo. Tienes que reconocerlo —solté, con un tono apremiante.
Jirio abrió los ojos, totalmente exasperado.
—¿Un animalito simpático? —repitió—. Estamos hablando del jaipú, Shaedra, ¿cómo quieres que lo reconozca bajo la forma de un conejo? Vamos a ver. —Inspiró hondo—. No mezcles tu percepción del jaipú con el mismo jaipú: tienes que entender que no todos los jaipús son iguales. Mira, es como si yo estuviese buscando un cocodrilo y tú me dijeses que el cocodrilo es en realidad un conejo. Yo no siento el jaipú como un conejo.
Reflexioné unos instantes sobre lo que acababa de decir mientras sentía los rayos agradablemente cálidos del sol. En la playa había gente sentada, la mayoría en pequeños grupos, con sus apuntes, medio revisando medio dormitando. Hacía un día radiante y Jirio y yo habíamos tenido la buena idea de instalarnos ahí.
—Perfecto —dije al de un momento—. Tienes razón. Haremos según tú lo vayas sintiendo. Al fin y al cabo es tu jaipú y lo conoces mejor que yo —Jirio agitó la cabeza afirmativamente—. Inténtalo otra vez. Concéntrate. Y yo te ayudaré.
Jirio me miró con una expresión interrogante, se encogió de hombros, fijó los ojos en el mar y al cabo fue cerrándolos poco a poco, concentrándose.
Intenté recordar de qué manera el maestro Yinur nos había enseñado a ver nuestro jaipú y sacudí la cabeza. El que realmente nos había ayudado a comunicar con nuestro jaipú había sido el maestro Áynorin, y lo había conseguido con tan sólo unas palabras. No recordaba que hubiera hecho nada más. Quizá a Jirio le faltaba tiempo para practicar, pensé.
Sentí que el jaipú de Jirio revoloteaba, inquieto, y me concentré. No sabía muy bien lo que pretendía hacer para ayudarle, pero por lo visto, si no hacía nada, no avanzaríamos jamás. Proyecté parte de mi jaipú y traté de entender el problema de Jirio. Si Jirio no era capaz de entender su jaipú, quizá yo pudiese hacerlo y así facilitarle la tarea. En fin, era una teoría.
Intenté examinar el jaipú de Jirio de más cerca, apartando cualquier escrúpulo: normalmente, en Ató, la gente que examinaba el jaipú de los demás con demasiada atención no estaba bien vista. Se consideraba casi como un insulto. Pero no estábamos en Ató y, al parecer, en Dathrun, el jaipú no era más que una energía vital que en todo caso podía servir a los acróbatas y a los monjes.
Me concentré y me abstraje totalmente de lo que me rodeaba. No sabía cuánto tiempo permanecí así, escudriñando el jaipú de Jirio, pero cuando me retiré el descubrimiento que había hecho me había dejado estupefacta. Su jaipú estaba continuamente atravesado por rayos de electricidad, como si hubiese una tormenta perpetua cuya energía se renovaba siempre. Era una visión algo preocupante.
Abrí los ojos y vi que Jirio me observaba con el ceño fruncido, quizá preguntándose lo que había visto. Nos pusimos a hablar al mismo tiempo y nos callamos.
—¿Qué? —preguntó Jirio—. Parece que has visto un fantasma.
Me encogí de hombros.
—¿No has conseguido notar nada más de tu jaipú? —Él negó con la cabeza y suspiré—. No deberías dejar tu jaipú tan a la vista…
En aquel momento, un grito resonó en la colina que llevaba a la playa. Cuando me giré, vi a Laygra que bajaba a toda prisa gritando mi nombre.
—¡Shaedra! ¡Shaedra!
Me levanté de un bote, súbitamente alertada. El pelo negro recogido con una cinta roja, Laygra corría desenfrenadamente hacia nosotros. Vestía una falda roja y una camisa blanca con encajes que remontaban hasta su cuello. No pocas veces había sorprendido a algunos estudiantes mirándola como embobados mientras pasaba delante de ellos y sonreí a medias.
—¿Qué le ocurre a tu hermana? —preguntó entonces Jirio, turbado. También él se había levantado y le iba quitando la arena a los apuntes de invocación agitándolos sin delicadeza.
—Ni idea. Pero parece importante.
—¡Shaedra! —repitió Laygra mientras ya llegaba junto a nosotros—. ¡No te lo vas a creer! ¡Están aquí, en Dathrun!
La miré, boquiabierta.
—¿Quién está aquí? —solté.
Mi hermana hizo un gesto irritado.
—Pues ¿quién va a ser? Lénisu y los demás.
Sentí cómo una ola de alivio y felicidad me invadía de pronto. El corazón se me puso a latir a toda prisa y la tensión que guardaba escondida en un lugar de mi mente estalló. Me dio un ataque de risa y le di un abrazo a Laygra, bailando de lo contenta que estaba. Le di otro abrazo a Jirio mientras éste me observaba con la cara atónita, pensando sin duda que acababa de superarlo en su locura, y levanté las manos al cielo gritando alegremente:
—¡Bosque de Luna!
Y me puse a hacer unas cabriolas exageradas, dando volteretas de alegría.
—Venga, deja ya de marearme con tanta acrobacia —se quejó mi hermana, aunque la vi mostrarse claramente impresionada por mi habilidad.
Me serené un poco, cayendo sobre mis dos piernas y pregunté ansiando saber la respuesta:
—¿Dónde están, Laygra?
—Están en un albergue, en Dathrun —declaró—. Y él los encontró.
Entendí que tomaba sus precauciones para que Jirio no se enterara y no pude evitar hacer una mueca. Si Laygra se hubiera tomado la molestia de entender cómo era Jirio, habría comprendido que en realidad era una persona sensible en la que se podía confiar absolutamente. Pese a la amistad que había empezado a unirnos a Jirio y a mí, los demás, incluidos mis hermanos, desaprobaban mi conducta. Yensria y su grupo me miraban con sorna aunque también miraban a Jirio con más curiosidad, como preguntándose cómo un loco había podido trabar amistad conmigo. Yensria Kapentoth me había avisado que mis relaciones dejaban que desear y que no intervendría en el caso de que Jirio me dejara carbonizada por un relámpago. Toda su banda se había puesto a reír en esa ocasión, y Zoria y Zalén me habían arrastrado hacia la puerta, inquietándose de la mirada asesina que le había echado a Yensria, la cual había comentado al alejarse que la pobre había caído en las garras de todos los raros de la academia, hasta en las de “esas gemelas humanas lunáticas”. En aquel momento reaccioné rápidamente y cerré la puerta antes de que Zoria y Zalén pudiesen recapacitar y dar media vuelta para estrangular a Yensria.
En general, las clases comunes a los distintos departamentos eran tan numerosas que en ningún momento alcancé a conocer más de una veintena de nombres. Algunos de los alumnos eran simpáticos aunque no había congeniado realmente con ninguno, menos con Steyra, Klaristo, Rathrin y las gemelas. Y Jirio, por supuesto. Pero todas esas personas eran aún gente nueva para mí. No las conocía a fondo como a Akín o a Aleria, e incluso a Aryes. Paralizada en mis pensamientos, espiré lentamente, feliz.
—¿Están todos? —pregunté de pronto.
Laygra abrió la boca y la cerró. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Eso no lo decía el billete.
—¿Dónde está Murri? —pregunté con impaciencia—. Tenemos que ir al albergue de inmediato.
Laygra me observó, divertida.
—Nos espera en el Puente Frío, y habrá que darse prisa porque estará tan impaciente que es posible que se vaya sin nosotras.
Agrandé los ojos y me puse a correr hacia las murallas de la academia como si me persiguiese un ejército de nadros rojos. Atravesé los pasillos a toda velocidad, utilizando el jaipú como el maestro Áynorin lo hubiera hecho. Volaba más que corría pero de pronto me empotré contra una masa invisible y resbalé sobre el suelo resbaladizo y verdoso antes de caerme cuan larga era. Oí una carcajada y vi a un joven de unos dieciséis años aparecer junto a una rubia que se tapaba la boca delicadamente mientras me observaba. Gruñí y volví a levantarme. Alay, pensé, reconociendo al joven que me habían señalado más de una vez como el jefecito de una banda de graciosos poco respetuosos.
Oí que Laygra llegaba detrás de mí, corriendo a toda prisa para alcanzarme y le grité:
—¡Cuidado! Demos media vuelta y pasemos por otro sitio. Este pasillo está ocupado por salvajes —añadí sin pensarlo mucho.
—¿Salvajes? —repitió la rubia, indignada—. Tú no sabes quién soy, niñata nigromante.
Por un instante, me quedé petrificada. ¿Niñata nigromante? ¿Era eso un insulto común en Dathrun o iba expresamente dirigido a mí?
—Tienes razón —le dije—. No tengo ni idea de quién eres. Pero en ciertos casos no hace falta saber quién es quién. Basta con ver los actos. Buenos días.
E intenté retroceder, pero algo me impedía andar con rapidez y oí la carcajada de Alay.
—El sortilegio de entorpecimiento funciona —dijo, como simple observación científica.
—¡Es injusto! —solté, cubriéndome el rostro con las manos. Algo en mí estalló y me puse a llorar. ¡Lénisu, Akín y Aleria estaban en Dathrun y estos sinvergüenzas despiadados me impedían ir a verlos! Cada pensamiento que atravesaba mi espíritu hacían redoblar las lágrimas que rodaban sobre mis mejillas.
Una mano me cogió de un brazo y otra del otro. Alguien, torpemente, me puso algo en mi mano derecha. Intenté ver lo que era pero mis lágrimas me lo impidieron.
—Bebe esto, anda. Se te pasará el entorpecimiento —dijo una voz.
—Si hubiese sabido que le afectaría tanto… —decía otra voz, la de Alay. Con cierta sorpresa, creí notar en el tono de su voz un deje de culpabilidad. Parpadeé, me pasé la manga sobre los ojos y eché una mirada a mi alrededor. La rubia no estaba por ningún lado. Alay, con los labios apretados, observaba el profesor Tawb mientras Laygra me exprimía la mano con tanta fuerza que me hacía daño. Parecía que acababa de sufrir una conmoción.
Levanté el vaso que tenía en la mano y me bebí de un trago el líquido azulado que había en su interior. Sin escuchar la conversación entre el profesor y Alay, me froté las mejillas irritadas por las lágrimas e inspiré ruidosamente.
—¿Shaedra, estás bien? —me preguntó Laygra con aire preocupado.
Asentí.
—Era tan injusto —solté, y sintiendo que volvían a amenazarme las lágrimas sacudí la cabeza y pensé de pronto—: ¡Lénisu! ¡Rápido, Laygra! Murri se va a ir sin nosotros. ¡Muchas gracias, profesor Tawb! —dije, recordando los modales.
Llegamos a la entrada de la academia sin más incidentes, saludamos al guardián con un gesto rápido y atravesamos el puente corriendo. Ahí nos esperaba Murri, sentado sobre una piedra. Parecía muy ensimismado en sus pensamientos y deduje que ni siquiera había visto el tiempo pasar. Sin duda tenía que estar imaginándose su reencuentro con Lénisu. Después de todo, siempre lo había considerado como a una persona deshonesta, y al darse cuenta de que quizá lo había juzgado mal, no sabría ya qué pensar.
—¿Murri? —soltó Laygra cuando estuvimos a unos metros.
Nuestro hermano alzó la cabeza bruscamente y se levantó de un bote.
—Vamos —dijo sin más preámbulos.
* * *
El albergue de Las tres sirenas era un establecimiento viejo y no muy limpio, en el barrio del Puerto. Incluso en el interior había un fuerte olor a pescado. Sin embargo, cualquier albergue de más categoría habría sido más silencioso que aquél. De hecho, cuando entramos los tres por la puerta abierta, la taberna estaba llena. Era la hora de la comida y se amontonaban alrededor de las mesas y del mostrador un sinnúmero de saijits, en su mayoría hombres, que tenían todo tipo de ocupaciones, tripulaciones de marineros, obreros, viajeros y familias enteras, había un poco de todo.
Se oía un estruendo de voces y de música. En un rincón, un muchacho que no debía de tener más años que yo tocaba una música alegre con su guitarra, seguramente para ganar unos pocos décimos de kétalo al finalizar el día.
Paseé la mirada por la taberna mientras seguía a mis hermanos adentro. La taberna era muy diferente del Ciervo alado. Nunca había habido tanta agitación y tanto borracho en la taberna de Kirlens.
—¿Creéis que estarán comiendo? —preguntó Laygra.
Eché ojeadas casi frenéticas a mi alrededor, imaginándome que veía a Lénisu de pronto, apareciendo entre la multitud, con sus ojos violetas sonrientes.
—¿Cómo sabéis que ese mensaje era de él? —pregunté de pronto, figurándome de pronto que algún alma pérfida nos había engañado.
Murri se giró hacia mí negando con la cabeza.
—¿Quién más podría ser?
No supe contestar a su pregunta y llegamos finalmente abajo de las escaleras, donde nos detuvimos, indecisos.
—¿Qué hacemos? —pregunté, mordiéndome el labio.
Pero en aquel instante, sentí que había alguien a nuestras espaldas y me di la vuelta bruscamente al tiempo que un gnomo encapuchado recostado sobre el mostrador nos decía:
—Arriba, número quince.
Abrí los ojos como platos.
—¿Srakhi? —murmuré, atónita.
Los ojos inteligentes del gnomo me observaron un instante. Percibí un breve asentimiento y cuando me di cuenta de que mis hermanos nos miraban alternadamente con una expresión interrogante, asentí a mi vez, haciendo un gesto discreto hacia las escaleras.
Sin más dilación, Murri y Laygra se pusieron a subir las escaleras y, ante la mirada de aviso de Srakhi, callé la pregunta que había estado a punto de nacer en mi boca y seguí a mis hermanos en silencio.
Los peldaños de madera crujían pero ninguno estaba roto y cuando llegamos arriba, nos encontramos en un pasillo oscuro con muchas puertas. Las habitaciones no debían de ser muy grandes.
—¿Dónde está el gnomo? —preguntó en voz baja Murri, mirando hacia atrás con aire inquieto.
Agité la cabeza.
—Estará vigilando, aunque no sé qué. Por Nagray, no se ven casi los números —gruñí.
Sin embargo, no nos costó encontrar el número quince y llamamos a la puerta con dos golpes sordos. No sabíamos por qué, pero el aire misterioso de Srakhi nos había infundido a todos cierta discreción.
La puerta se abrió y de ella salió una sombra como un relámpago, abalanzándose sobre mí. Era Deria.