Kaosfantasy. Ciclo de Dashvara, Tomo 1: El Príncipe de la Arena
Cuando regresó a la casa de Zaadma, ya estaba anocheciendo. Rokuish había asegurado que aquella noche no les tocaba subir a la torre de vigía y que eran varios los guerreros que se turnaban. No les tocaría a ellos dos hasta pasados varios días.
Dashvara se acercó a la puerta de la casa con indecisión. Ahora que empezaba a relativizar el odio indiscriminado que sentía hacia los Shalussis, se preguntaba si había hecho lo correcto aceptando dormir en esa casa. Pero, mirándolo bien, Zaadma había demostrado tener buen corazón al hospedarlo aun a sabiendas de que no tenía ni una moneda de oro. Como decían los antiguos sabios estepeños: “No rechaces a quien, pudiendo haberte abandonado, te da pan y lecho”.
En el interior, se oían susurros. Dashvara suspiró y dejó caer la mano a punto de llamar a la puerta. Dio media vuelta, se sentó al pie del olivo y se dedicó a mirar los reflejos de la Luna sobre el río. Este apenas tenía un pie de profundidad. Apostó a que en las épocas de gran sequía debía de reducirse a un mero arroyo.
Esperó largo rato antes de que oyera voces más fuertes y el ruido de una puerta que se abre. Oculto tras el olivo, Dashvara divisó la silueta de un hombre… Puso los ojos en blanco. Naturalmente que era un hombre. Agrandó los ojos cuando lo reconoció. Era Nanda de Shalussi.
Por poco se levantó y se abalanzó hacia él. Estaba solo, lejos del pueblo… Era el momento ideal.
Lo dejó pasar sin poder creer lo que estaba haciendo. Gruñó por lo bajo cuando los pasos del Shalussi se extinguieron. Una cosa era ser prudente y otra ser un cobarde. Y tenía la tremenda impresión de que en aquel instante había actuado como un maldito cobarde.
Piensa un poco. Si Nanda ha venido, vendrá otras veces. Sólo le tienes que pedir a Zaadma que te avise cuando vuelva. Lo matas, robas un caballo y te largas de aquí. Ya has estado vacilando demasiado.
Se levantó y entró por la puerta que Zaadma había dejado abierta. La vela iluminaba el interior. Olía a jazmín. Y Zaadma canturreaba por lo bajo una canción mientras aplastaba un poco la tierra de un tiesto con flores blancas. Dashvara la observó con fijeza.
Esa mujer acaba de ofrecerse al hombre que se alió con los Akinoa y los Esimeos para destruir mi familia. Y yo voy y acepto que me hospede. ¿Dónde se ha quedado mi honor? Dashvara meneó la cabeza. Y dale. Si de verdad quieres saberlo, tu honor se quedó en el torreón de Xalya, Dash. Ya es muy tarde para recogerlo de todas formas.
Rechazó el pensamiento con un resoplido y Zaadma se sobresaltó al percatarse de su presencia.
—¡Ah! Odek. Pasa. Te he preparado tu cuarto… —Calló al ver la expresión del Xalya y sonrió, socarrona—. ¿Lo has visto salir? ¿A que a él no te has atrevido a darle un puñetazo para conservar mi dignidad?
Dashvara chasqueó la lengua.
—¿Cómo puedes bromear sobre la dignidad? ¿Es que ya no tienes valores?
Zaadma inspiró, levantando los ojos al cielo.
—Diablos, Shalussi. Veo que tienes los prejuicios bien metidos en la cabeza. Los valores los tengo en muy buena forma, gracias. En fin, ¿quieres que filosofemos o quieres cenar?
Dashvara tuvo que confesar que después de tanto entrenamiento tenía hambre.
—Cenemos —declaró.
Zaadma sonrió, divertida, y señaló un plato frío con verduras e higos en la alfombra dorada.
—Este es el plato que deberías haberte comido al mediodía —apuntó—. Lo preparé con toda la dedicación y el amor del que soy capaz y esperé, esperé… esperé como una mujer casada a que volvieras, pero no volviste. Y entonces decidí guardártelo fielmente para que no faltara ni un higo cuando retornases.
Dashvara la miró sin saber muy bien cómo tomarse su burlona respuesta. Se disculpó:
—Lo siento. No pensé en avisarte. Comí en casa de Rokuish.
Zaadma se sentó y se cruzó de brazos.
—Supongo que he de alegrarme de que no comieras en la Mano Blanca.
Dashvara enarcó una ceja. Se sentó y replicó:
—Pensé en ti y en los terribles celos que sentirías y decidí mantenerme alejado de ese local.
Zaadma sonrió.
—Gracias por tu comprensión. ¿Quieres que te caliente las verduras? Tengo una placa calentadora fabricada en Dazbon. Aún funciona.
Dashvara negó con la cabeza.
—Ni se te ocurra, está todo perfecto. Gracias —añadió, mientras se llevaba a la boca una cucharada de verduras.
Cuando hubo dejado el plato vacío, se dio cuenta de que Zaadma lo estaba observando. Frunció el ceño.
—¿Qué?
Zaadma se encogió de hombros y sonrió con timidez.
—No sé… Hacía tiempo que nadie cenaba conmigo. Bueno, yo ya he cenado. Quiero decir que hacía tiempo que… —Hizo un ademán—. Ya me entiendes.
—La verdad es que no —se burló Dashvara.
Intercambiaron una mirada. Afuera, no se oía más que el silencio. Zaadma carraspeó.
—Tu cuarto está ahí —señaló.
Dashvara asintió y se levantó.
—Gracias por hospedarme. Y gracias por la cena.
—Deja de agradecerme y disculparte y vete a dormir —replicó Zaadma.
Dashvara se detuvo ante la cortina que separaba ambas habitaciones.
—No esperarás otra visita, ¿verdad? —preguntó con cierta brusquedad—. Porque en ese caso, prefiero dormir al pie del olivo.
Zaadma resopló.
—Tranquilo. Esta noche dormiré como una santa. Buenas noches, joven Shalussi. Y por cierto —añadió—, ¿no seguirás dándole vueltas a lo de vengarte de Walek?
Dashvara esbozó una sonrisa siniestra.
—No. Tranquila, no mataré a Walek. Buenas noches.
Apartó la cortina y se dirigió a tientas hasta la cama. El cuarto era pequeño, pero tenía una ventana, por la que podía ver, si corría la cortina, la luz de la Luna reflejada en el río. Se quitó el pañuelo de la cabeza, retiró sus botas y echó un vistazo hacia la otra habitación. Aún estaba encendida la vela.
Se tumbó sintiéndose agradablemente cansado. Aun así, no podía negarlo: Rokuish era un verdadero desastre en combate, y lo que más lo había extenuado habían sido los repetidos consejos que le había dado para que no volviera una y otra vez a cometer los mismos errores. Había manejado el sable, sí, pero era uno de madera. Y no iba a matar a Nanda con un sable de madera.
Hizo una sonrisa torva en la oscuridad. Zaadma ya había apagado la vela. Oyó susurros de tela y luego el silencio. Cerró los ojos y aguzó el oído. Escuchó la respiración de Zaadma, tranquila y rítmica. Escuchó la ligera brisa. Y, al fin, se durmió.
Despertó varias veces durante la noche, sintiéndose perdido. Curiosamente, no soñó con que asesinaba a los cabecillas salvajes ni con que perdía a su familia. Soñó con que luchaba contra nadros rojos junto a sus compañeros de patrulla. Makarva, Lumon, Sigfen, Boron, los Trillizos… el capitán Zorvun. Todos estaban bien vivos y sus rostros tenían una nitidez impresionante. En un momento, se pusieron a jugar a las katutas.
Arrugó la nariz despertando en plena noche. Tanto perfume lo desconcertaba y le impedía dormir profundamente. Apenas asomó el sol, se levantó. Volvió a colocarse el pañuelo, se puso las botas y salió de la habitación con sigilo. La cortina estaba medio corrida y la luz de la mañana iluminaba tenuemente el interior de la casa. Los rayos de sol enrojecían los pétalos de los emzarrojos, embellecían las kalreas de un blanco inmaculado, surcaban por la tierra batida, se deslizaban sobre la manta y acariciaban la espalda de Zaadma, descubierta a medias debajo de una sábana.
Dashvara se quedó mirándola, preguntándose cómo una belleza así podía haber elegido un camino tan poco apropiado. Pero ¿acaso siquiera le parecía a ella inapropiado? Meneó la cabeza como para despertarse y se dirigió hacia la puerta. Salió en silencio y se encaminó directamente hacia el campo de entrenamiento ante la casa de Fushek. El pueblo aún estaba desperezándose, pero se notaba que poco quedaba ya para que volviese a la vida.
Se instaló en el suelo del patio y, tras un rato, se sorprendió dibujando en la tierra arenosa con uno de los sables de madera. Cuando se percató de que estaba escribiendo estúpidamente su nombre en oy'vat, se apresuró a borrar el rastro. No dejaré nunca de sorprenderme, suspiró, echando ojeadas nerviosas a su alrededor.
Rokuish no aparecía. Tras un buen rato esperando en el patio, Dashvara acabó por levantarse e iba a guardar otra vez los sables de madera cuando sus ojos se fijaron en algo que se deslizaba hacia un grupo de tres niños sentados en el suelo, ante una casa.
Era una serpiente roja.
Dashvara se quedó paralizado un segundo. Y recordó las palabras de su padre: “Pero antes de matarlos a ellos, hijo mío, mata a sus familias.”
Dashvara vaciló. Cabían pocas posibilidades de que entre aquellos niños hubiese algún hijo de Nanda de Shalussi. Además… Sacudió la cabeza, alucinado por sus propios pensamientos.
No, padre. Yo no mato a inocentes.
Y echó a correr.
—No os mováis —ordenó al ver que los tres niños se giraban para verlo llegar.
Cuando se trataba de dar órdenes, Dashvara las daba como Zorvun y el señor Vifkan. Los niños no se movieron. De todas formas, entendieron rápidamente lo que ocurría.
Dashvara se acercó a la serpiente con tiento. El reptil no era muy largo, pero su veneno era letal y su cuerpo se movía a la velocidad del rayo. Dashvara acercó uno de los sables de madera, preparándose a cualquier ataque de parte de la serpiente. Un movimiento erróneo podía costarle la vida.
Ligero como el viento. Sutil como la arena. Golpea.
Dashvara golpeó, y sin errores. La cabeza de la serpiente quedó aplastada en la tierra arenosa. Bien. Retorció el palo para asegurarse de que estaba bien muerta. Saliendo de su silencio expectante, los niños soltaron gritos de alegría y lo rodearon para darle las gracias. Uno de ellos se agachó para coger la cola de la serpiente muerta y se marchó corriendo colina abajo blandiendo el cadáver como un trofeo.
—¡Una serpiente roja! —gritaba—. ¡La ha matado! ¡La ha matado!
Dashvara sonrió.
—Va a despertar hasta a Rokuish si sigue gritando así.
Oyó la risa de la niña que lo agarraba de la manga y se dio cuenta de que su rostro le resultaba familiar.
—Vaya, ¿eres la hija de Orolf, el herrero?
La niña asintió.
—Yo soy su hermano —dijo el otro niño, que parecía aún más joven.
Dashvara hizo una mueca sonriente.
—¿Os dais cuenta de que si esa serpiente os hubiese mordido os habríais muerto en unos minutos? Estad siempre atentos a lo que os rodea, niños. —Y como ambos asentían, mirándolo como si estuviesen bebiendo sus palabras, su sonrisa se ensanchó—: Anda, marchaos los dos a vuestra casa y decidle a vuestro padre que os dé un sable para que podáis protegeros la próxima vez.
Los vio correr hacia la herrería y disimuló una risa tras un carraspeo. Orolf lo iba a tener cada vez más difícil para rechazarle aquel famoso sable prometido.
Bueno, pensó, echando un vistazo a su alrededor. ¿Dónde te has metido, Rokuish?
Se suponía que tendría que haber llegado ya. Dejó los sables de madera, bajó la colina y, al pasar ante la casa del Shalussi, vio a su hermana Menara recogiendo la ropa y la saludó.
—¿Rokuish aún duerme?
La Shalussi negó con la cabeza.
—No. Dijo que iba a entrenarse. Se fue hace rato. ¿No lo has visto?
Dashvara hizo un gesto para despreocuparla.
—No, pero a lo mejor estaba en casa de Fushek. No te preocupes. Lo encontraré.
—Ahora que lo pienso —añadió Menara de pronto, cuando Dashvara ya se alejaba otra vez colina arriba—. No fue hacia el patio de Fushek, sino hacia el río.
¿Hacia el río? Con las cejas enarcadas, el Xalya le dio las gracias, volvió al patio de Fushek a recoger las armas de entrenamiento y se dirigió hacia el río. Cuando llegó, echó un vistazo a ambos lados, miró hacia el frente y… dejó escapar una carcajada. Inclinado de lado contra el tronco de un mutsomo, Rokuish estaba haciendo estiramientos. Dashvara cruzó el río y se detuvo ante el Shalussi. Este estaba tan concentrado tratando de levantar lo máximo una pierna que no se percató de su presencia.
—¿Qué estás haciendo exactamente, Rokuish? —inquirió Dashvara, reprimiendo la risa.
Rokuish dio un respingo y por poco no perdió el equilibrio.
—¡Odek! Casi me matas del susto —jadeó.
—¿Es que estás aprendiendo a andar en diagonal? —continuó Dashvara, burlón.
—No —replicó Rokuish, levantando ambas manos hacia el cielo—. Estoy haciendo lo que me aconsejaste. He corrido y ahora me estiro. ¿No es lo que me dijiste que hiciera?
Dashvara sonreía ampliamente.
—Bueno, en cierto modo, sí. Me alegro de que te lo tomes tan en serio. Donde hay voluntad, hay genio. —Le tendió uno de los sables de madera—. Observa.
Retrocedió unos pasos, extendió el brazo armado y lo curvó, levantó una bota, dio una vuelta entera sobre sí mismo, se inclinó hacia atrás hasta tal punto que un hombre normal se hubiera caído, se retuvo con una mano en el suelo y se levantó inmediatamente dando un salto hacia un lado y realizando un arco con su sable.
Rokuish reía.
—Yo andaré en diagonal, pero si de verdad luchas tirándote al suelo tú solo… no andas mucho mejor. Aun así, no ha estado mal. Me gustaría tener tu agilidad.
—Pues sólo te hace falta practicar. —Dashvara sonrió—. Y ahora que ya estás estirado, no hay nada mejor que practicar contra un adversario. —Como Rokuish asentía, añadió—: Y esta vez, Rok, ataca tú.