Kaosfantasy. Ciclo de Dashvara, Tomo 1: El Príncipe de la Arena
Encontró al tal Rokuish roncando contra la barrera que cerraba el corral con los caballos. El sol estaba ya muy inclinado hacia el oeste y la sombra de las caballerizas protegían amablemente al joven dormido.
El Xalya se arrimó a la barrera y contempló el recinto. Había un total de quince bestias, de las cuales la mitad tenían más pinta de caballo de tiro que de guerra. Entre ellos, había uno negro. Chasqueó los labios y el animal levantó la cabeza, la agitó y se acercó a la barrera con docilidad. Dashvara sonrió cuando le acarició el hocico. Era un buen animal y se parecía mucho a Lusombra, la yegua que había montado durante aquellos últimos cinco años. Al menos ningún Shalussi, Esimeo o Akinoa podrá nunca montarla, se dijo. Hacía cuatro meses, Lusombra había sido robada por un Ladrón de la Estepa. Bueno… robada era un decir. Los Ladrones de la Estepa no se dedicaban a robar caballos normalmente y lo cierto era que tampoco se dedicaban a robar a secas. El presunto ladrón había sido encontrado por el capitán Zorvun y su patrulla en plenas tierras xalyas, sin caballo ni agua ni armas, y se había decidido llevarlo al torreón. Finalmente, tras varios días conversando con el prisionero, Dashvara había cometido una de las tantas locuras que exasperaban al señor su padre: le había ayudado al Ladrón de la Estepa a huir ofreciéndole su propio caballo. Aún recordaba las últimas palabras que le había pronunciado el misterioso estepeño: “Te devolveré el favor, Xalya”. Se había llevado el puño al corazón y había salido cabalgando a la velocidad del rayo entre las sombras de la estepa. Los dos compañeros patrullas que montaban la guardia aquella noche se habían contentado con menear la cabeza sin dar la alarma: al fin y al cabo, se decía que, si un Xalya defendía su libertad con uñas y dientes, un Ladrón de la Estepa la defendía hasta morir.
Dashvara sonrió. Por alguna razón, de todos los clanes y tribus que conocía, los Ladrones de la Estepa siempre habían sido a los que más había respetado. Según aquel Ladrón de la Estepa al que había salvado y cuyo nombre desconocía, la máxima preocupación de su pueblo era defender la estepa de Rócdinfer de las avariciosas manos de los «civilizados». No era tarea fácil.
Un ronquido más ruidoso que el anterior lo hizo girarse hacia el Shalussi. Se le había deslizado el pañuelo negro de la cabeza hacia delante y ahora apenas se le veía el rostro.
Dashvara se sentó ante él sobre la hierba y echó una ojeada hacia el cielo. Ya se estaba yendo el sol. Al de un rato, como veía que Rokuish no despertaba, se levantó y entró en el edificio. Los compartimentos para los caballos estaban todos limpios. Vio una mesa colocada contra un muro, con dos bancos, y en esa mesa vio un trozo de queso.
Enseguida se le hizo la boca agua. Echó un vistazo a su alrededor, como si estuviese a punto de cometer un tremendo robo.
“Azotarás al ladrón que roba a tu vecino”, había dicho un día el shaard Maloven con su habitual pomposidad.
Azotar, ya azoté a tres bandidos con mi propio látigo, Maloven, pero una cosa es robar y otra cosa es comer, reflexionó.
Su pensamiento le arrancó una sonrisa irónica pero eso no le impidió coger el queso y engullirlo con deleite. Era queso de cabra. Cuando salió de las caballerizas, Rokuish no se había movido un ápice.
¿Manso como un burro, eh?
Dashvara resopló para sus adentros.
—Ojalá todos los Shalussis fueran como tú —murmuró.
Y ojalá los Xalyas pudieran dormir tan tranquilamente como lo haces, añadió en silencio con amargura.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia el río. Bebió a grandes sorbos: tenía la impresión de que se había quedado tan seco como un lienzo al sol forjando aquellos malditos eslabones.
Levantó la cabeza bruscamente cuando oyó una música alegre de guitarras. Se giró hacia la colina con el ceño fruncido, se levantó y empezó a subir. En la plaza ante la casa de Nanda y junto a la torre de vigía, se encontraba un grupo de Shalussis con guitarras llamando a toda la población. Los vecinos habían acudido y ahora estaban sentados en círculo alrededor de un hombre con collares de oro. Nanda de Shalussi.
Dashvara se detuvo en la penumbra del crepúsculo, a varios pasos del círculo de luz que proyectaban las antorchas.
—¡Pueblo de Nanda! —exclamó el cabecilla mientras el poblado se sumía en un silencio expectante—. Todos sabéis aquí que hace una semana el último bastión de los antiguos reinos de la estepa fue destruido. El Torreón de Xalya ha caído y los guerreros xalyas que amenazaban nuestras tierras han sido derrotados gracias a los Shalussis. ¡Gracias a nuestros guerreros!
Inclinó la cabeza con respeto hacia una dirección y un pálido Dashvara divisó a los guerreros que habían viajado con él hasta el pueblo.
—¡Y gracias a nuestro jefe! —gritó una voz entre ellos.
Era el compañero de Walek. Nanda sonrió.
—No somos unos acaparadores como los Xalyas —continuó—. No queremos dominar toda la estepa: sólo queremos vivir en paz en nuestras tierras, sin tener que preocuparnos por más conquistas y opresiones. La dignidad de los hijos del Tirano ha muerto. Sois hombres libres, Shalussis. La venganza de nuestro pueblo ha sido saldada al fin y dirigida por mí, ¡Nanda de Shalussi!
Si algún día tuve reparos en matarte, hoy acabas de quitármelos todos, Nanda de Shalussi, escupió mentalmente Dashvara, mientras el pueblo acompañaba el grito de Nanda con aclamaciones. Hay una gran diferencia entre vengar la muerte de tu familia y vengar la opresión de un pueblo cometida por un rey tirano que murió hace doscientos años. ¿O es que tu objetivo no era tanto la venganza como el oro, truhán?
Dashvara se sentó al fin en el suelo para no llamar la atención y se dedicó a calmar los latidos de su corazón.
—Lloremos, sin embargo, también —pronunció Nanda—, porque hemos perdido a cinco hombres valientes. Tres hombres estaban casados y tenían hijos. Dos tenían padres que los habían educado como Shalussis de bien. Lloremos, hermanos, por nuestros caídos.
Los guerreros no lloraron precisamente, pero mantuvieron un silencio respetuoso. Nanda se acercó a un niño que sollozaba disimuladamente y posó una mano sobre su cabeza.
—Llora, hijo. Mañana serás un hombre fuerte.
Se enderezó y concluyó:
—El botín de esta lucha ha sido generoso. Los creadores de comida redoblarán el esfuerzo y no pasaremos hambre este año. —Sonrió—. Los comerciantes de Dazbon vendrán dentro de una semana. Venderemos a nuestros prisioneros y parte de las ganancias serán repartidas por todo el pueblo como muestra de mi generosidad. Y ahora, ¡a festejar!
El pueblo soltó gritos agudos de agradecimiento y los guitarristas volvieron a tocar música. Se levantaron todos y se pusieron otra vez a gritar como energúmenos. Dashvara meneó la cabeza, alucinado.
Esa es una prueba patente de quiénes son los Shalussis en realidad, ¿lo ves? Unos salvajes capaces de las peores monstruosidades por un puñado de oro. Se detuvo en seco y contempló la plaza con un escalofrío. ¿Y ahora se ponen a bailar?
Los Shalussis, sin dejar de gritar rítmicamente, levantaban los puños al cielo y danzaban en un corro, sonriéndose entre sí.
—Ave Eterna —murmuró Dashvara. Y selló sus labios, maldiciéndose.
Perfecto. Todos están muy contentos de que los míos hayan sido masacrados. Qué alegría. ¿De veras que no pueden encontrar otros motivos menos macabros para hacer sus fiestas?
Daban asco. Se levantó e iba a alejarse cuando Orolf salió de la multitud, llamándolo.
—¡Odek! ¿Qué tal te fue con Bashak?
El herrero sonreía y llevaba de la mano a una niña pequeña de pelo enmarañado que acababa de meterse en la boca un pulgar lleno de tierra.
—Er… —dijo Dashvara levantando la vista—. Muy bien. Voy a trabajar como guerrero. Con un tal Rokuish.
Orolf le dio una fuerte palmada sobre el hombro.
—Entonces, tendrás que empezar a entrenarte y a comer más. Ven a cenar a mi casa. Mi mujer cocina de maravilla.
Ven a comer a casa de los que te quitaron la sangre de tu sangre, tradujo el espíritu macabro de Dashvara. Un escalofrío le recorrió.
—No, gracias, Orolf. No tengo hambre.
El herrero frunció el ceño, sorprendido, echó un vistazo hacia una dirección y entonces pareció entender algo.
—No vayas a la Mano Blanca esta noche —murmuró—. Walek te esperará ahí para matarte si te acercas a esa… mujer. Es un guerrero con las ideas confusas. Todos le dicen que se case y que olvide a esa Silkia pero por lo visto esa serpiente lo tiene encadenado. El local aquel es un veneno para el pueblo.
Dashvara escuchó con interés sus palabras.
—Así que Walek quiere matarme.
—No creo que lo quiera. Simplemente no quiere que te acerques a esa mujer. Si tienes dos dedos de frente, muchacho, no te acerques a ese antro.
—¿Por qué sigue abierto si a nadie le gusta? —preguntó el Xalya.
Orolf hizo una mueca.
—Jamás he dicho que no le gustara a nadie. Además, fue una especie de «regalo» que le hizo a Nanda un importante señor de Diumcili para mantener la buena relación comercial. Verás, Nanda le vende prisioneros y pepitas de salbrónix y Arviyag, el enviado de Diumcili, le da oro. Aunque, para serte sincero, no he visto a Nanda entrar en ese local ni una sola vez. A nuestro jefe le embriaga más el oro que el humo de Diumcili —bromeó—. Créeme, chaval, mantente alejado de esa mujer y todo te irá mucho mejor.
El herrero lo saludó y se marchó con su hija hacia la fiesta. Los guitarristas habían empezado a bajar la colina. Detrás de ellos, llevando las antorchas, los pueblerinos bailaban y, de cuando en cuando, soltaban una ráfaga de gritos de júbilo que desgarraba la noche.
Dashvara los observó marcharse. Festejaban la victoria. Su victoria. Y la muerte de su padre. De su familia. De tantas personas… Le daban ganas de vomitar.
—¿Qué haces aún ahí fuera, querido? —preguntó de pronto una voz lejana y sensual.
Dashvara alzó la vista hacia la Mano Blanca y divisó un rostro pálido en la ventana del segundo piso. Resopló e iba a alejarse para encontrar algún sitio donde dormir cuando se detuvo. Caviló. ¿Y si Walek realmente pretendía matarlo si se acercaba él a esa mujer? ¿Qué pasaría si él matara a ese Shalussi en defensa propia? No podían acusarlo de asesinato, ¿verdad?
Pero le faltaba un sable para defenderse y no tenía claro que Walek fuera lo bastante caballeroso para darle uno en caso de duelo. Aun así, no había olvidado el barrote de metal escondido en su bota. Dependiendo de cómo se presentara la situación, podía usarlo eficazmente.
“Sé prudente como una serpiente. Y, cuando llegue el momento, mata.” Se estremeció al recordar las palabras del señor Vifkan.
¿Acaso ha llegado el momento, padre?, se preguntó. Meneó la cabeza y echó una mirada hacia la casa de Nanda de Shalussi. No podía pasarse la vida en aquel pueblo de salvajes esperando día tras día a que su padre le contestara: «ahora». El señor su padre ya jamás le contestaría, al igual que el capitán Zorvun. Ahora, le tocaba escoger el mejor camino y asumir las consecuencias de sus actos, fueran buenos o malos.
Tomó una inspiración y se encaminó hacia la Mano Blanca con todos sus sentidos en alerta. Esperaba que en cualquier momento una sombra se despegara de alguna esquina con el sable sacado. Podía desarmarlo si era lo suficientemente hábil. Y entonces lo mataría.
Estaba tan concentrado que cuando resonó una voz a sus espaldas pegó un bote de mil demonios:
—¡Te estaba buscando! Me dijiste que vendrías esta noche ¿y te encuentro aquí, delante de la puerta de la Mano Blanca?
Mientras se giraba, divisó de soslayo a una silueta que se movió detrás de un arbusto. Otra cruzaba la plaza con aires de mujer engañada.
—Zaadma —murmuró Dashvara entrecerrando los ojos. ¿Qué mosca le había picado ahora? Ella siguió lamentándose en voz alta:
—¿Tú que me prometiste quererme hasta el fin de los días te arrojas entre los brazos de otra tan rápido?
Se oyeron los batientes de una ventana cerrarse bruscamente y Zaadma soltó una risita maligna.
—Eres un idiota —añadió en voz baja cuando llegó hasta Dashvara—. Hay dos hombres escondidos detrás de un arbusto esperando a que te acerques a la puerta para matarte.
Dashvara trató de tragarse su enojo y fracasó.
—Maldita bastarda —siseó—. Ya lo sabía.
Zaadma se detuvo en seco. Un perfume a flores flotó en el aire de la noche.
—Oh. Así que tu intención era morir. Bien. Estupendo. Pues ve. Después de insultarme así, no tengo ningún reparo en entregarte a esos hombres. En realidad, eres como todos. ¡Ey, Silkia! —exclamó de repente con una voz mucho más normal—. Te estaba engañando. Este hombre es un ingenuo corazón. Seguro que se ha enamorado de ti. Apostaría incluso a que te traería un tesoro lleno de monedas de oro sólo para ti. ¡Silkia! Hey, ¡Silk…!
Calló cuando Dashvara la cogió por los hombros y empezó a sacudirla como una maraca.
—¡Suéltame!
Dashvara la soltó, sintiéndose de pronto avergonzado. Jamás en la vida había zarandeado a una mujer.
—Lo siento. Y siento haberte llamado bastarda. No quería decir eso.
No puedo creerlo, ¿te estás disculpando? Zaadma lo miró a los ojos. Los tenía brillantes, como si estuviese a punto de echarse a llorar.
—Vete al infierno —estalló. Le dio la espalda y se alejó a grandes zancadas.
—¿Es verdad lo que ha dicho Zaadma? —preguntó de lejos Silkia.
Dashvara hinchó sus pulmones de aire y espiró ruidosamente. No le contestó a Silkia. Dos guerreros shalussis armados eran demasiados. No podría desarmar a uno mientras el otro lo atacaba.
Bruscamente, echó a correr tras Zaadma.